Siempre me enamoró esa mano, ese tacto temeroso como si se aproximase a una burbuja maravillosamente frágil. Se puede suponer que pretende moverla, que el gesto está animado de curiosidad, que busca una constelación, que está trabajando con la minuciosidad de un orfebre, reconociendo gemas sobre la caricatura esférica de la noche… Pero nunca lo he visto así, jamás he visto un astrónomo, un sabio, un erudito, sino algo previo, más elemental, más simple: una caricia; una asombrada caricia ante lo desconocido, frente a la inmensidad, sobre la maravilla. Es el más primario de nuestros sentidos, el más burdo sin duda, hecho de reacción a lo inmediato. El tacto exige el cuerpo a cuerpo, la cercanía, el naufragio de la sensación en su estímulo. Es el límite donde los ángeles saben su razón de tierra. Quizá por eso desee el amor la proximidad, porque el amor está más allá de todo y quiere creerse posible también en lo inmediato. Bajo una luz prodigiosa, el astrónomo (¿qué hace un astrónomo...