La entrada de hace tres días hablaba de algunas tragedias que, he de reconocer, no dejé muy bien definidas. La causa de tal imprecisión fue sin duda que el texto, más que un texto, era un puñetazo de ira en el teclado; un estallido emocional ante la barbarie de ese acto aberrante que es matar un niño. Un acto, por cierto, en que las manos sucias se multiplican hasta llegar a implicar, en muchos casos cotidianos, la de todos nosotros. Las tragedias, que con tan precaria definición redacté, se referían a las siguientes pequeñas almas: Pescaíto era, evidentemente, Gabriel Cruz, el delicioso chavalín de ocho años que tuvo en vilo a toda España hasta el doloroso desenlace de su hallazgo. Lo mató una maldita mujer Aylan , claro está, se refería a Aylan Kurdî, un angelito de tres años cuya foto de sueño sin vida boca abajo en una playa de Turquía conmovió al mundo entero. Lo mató la huida de una maldita matanza contra su pueblo, que él ni pudo saber jamás cuál era. ...