lunes, 18 de mayo de 2020

Ahora que estamos naufragando



Lo escribí hace nueve años y está aquí mismo, colgando del árbol 2011 como una rama de hojas secas en lejano otoño. Por eso lo he querido sacar a esta primavera tan de nadie que nos ha envenenado los cuerpos y, lo que es peor, puede envenenarnos las almas. Dedicado, pues, a todas las soledades que aún nos amenazan.

Manual de emergencia para un náufrago

Lo primero es mirar el horizonte, plano y azul del mar, y pensar que morir es lo de menos.

Lo segundo, alegrarse de ser tú  –y no nadie a quien quieres– el que ha ido a parar en tal estado.

Lo tercero, buscar alrededor algo que flote por sí mismo; el trozo de un recuerdo, por ejemplo, que, de puro feliz, no sea sumergible.

Lo cuarto, respirar pausadamente; reconocer la vida en cada bocanada de aire aún permitido.

Lo quinto, conceder al frío la ignorancia; al cuerpo, en tanto mar, la indiferencia.

Lo sexto, disfrazar los brazos de heroísmo y nadar hacia islas que no existen.

Lo séptimo, leer la oscuridad, la noche, el código morse de los astros…

Lo octavo, inventar un sol naciente y la sombra de un barco en la distancia.

Lo noveno, gritar una palabra a la que no nos atrevimos nunca.

Y lo décimo… comprender que morir es lo de menos.


1 diciembre 2011

miércoles, 15 de abril de 2020

Reclusión



En Coslada, Madrid, a veintinueve
días de una ciudad en la que aún sueño,
mientras abril sobre otras calles llueve
por donde sólo van sombras sin dueño.

La noche es día, la mañana es tarde:
mi ciudad ya no es más que un sinsentido,
un tiempo muerto en un reloj cobarde
sin hálito en las horas ni latido.

En Coslada, Madrid, de vez en cuando
imagino lejanos alborotos
y niños que regresan correteando
de ayeres dulces sin futuros rotos…

¡Y aún sueño esa ciudad cada mañana
en Coslada, Madrid, tras mi ventana!


Coslada 13 de abril de 2020

miércoles, 1 de abril de 2020

Con tanta tristeza




Nunca he visto llover con tanta tristeza. Ya no me atrevo a escribir de pequeñeces. De cosas que parecen haber perdido el derecho a ocupar algún renglón en la esperanza. Se me quitan las ganas de hablar de días como hoy, que han sido lluviosos y algo melancólicos, de los jardines a punto de creerse alquileres de la primavera, del olor inventado de las flores que aún no saben serlo, de los niños que alegran los paisajes y no están, y parecen haber desaparecido tras el improbable flautista de un cuento. ¿Dónde está ese racimo de cosas pequeñas, insignificantes, esas humildades de los días que a fuerza de estar ausentes se nos antojan de pronto imprescindibles? ¿Dónde está el mundo que creímos soñar allende nuestros ojos, al cabo de nuestros oídos, al filo de nuestras manos…? ¿Dónde han ido a parar las formas y los ruidos, los besos, las caricias…?

Nunca he visto llover con tanta tristeza como en estos días. Nunca con tanto desamparo… Sobre el jardín solitario y las calles vacías, sobre el asfalto mudo que ningún coche a turbar se atreve, sobre los árboles y los paseos desconcertados ante tanto silencio, frente a tanta ausencia…

Hoy he visto llover como nunca pensé que pudiera llover… Con tanta tristeza!


Coslada, 1 de abril de  2020